UN POEMA ES UNA PERSONA DESNUDA

“No estoy acá para filmar eventos”, le respondió Les Blank a Werner Herzog cuando éste le sugirió que filme la primera vez que levantaban el mítico barco en Fitzcarraldo. Les estaba filmando un documental sobre aquel perturbador rodaje (que terminaría siendo su obra más conocida, Burden of Dreams), pero tenía una búsqueda propia: lo suyo era absorber el ambiente.

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Quizás por ese mismo argumento Un poema es una persona desnuda debió pasar tantos años alejada del público, en una disputa por los derechos que involucraba, entre otros, a Blank y a su protagonista Leon Russell. La leyenda cuenta que después de ver El blues según Lightnin’ Hopkins, uno de los documentales sobre música más conmovedores e iluminadores que jamás se hayan filmado, Russell y su socio de aquel momento, Dennis Cordell, le propusieron a Les trabajar juntos en un documental sobre la estrella del folk-country-rock-blues, que luego de Carney, su disco de 1972, se encontraba en estado de gracia y en un meteórico ascenso.  Les se instaló dos años en sus estudios en el noreste de Oklahoma, registrando todo lo que tenía a su alrededor. Sin embargo, terminado el proceso, Russell no quedó del todo conforme con el retrato que había pagado. Muerto en 2013, Blank no pudo ver la película estrenada.  

Lo que probablemente haya ocurrido es que Les Blank ya se hubiera percatado de que no filmaba eventos. Lo maravilloso de El blues según Lightnin’ Hopkins no estaba en la fascinación por el talento del artista sino en las calles en la que él vivía, en los rostros que lo rodeaban, en los pequeñísimos sucesos inesperados, improvisados, azarosos y efímeros que cualquier contacto humano genera.

Hago meramente una conjetura, ya que obviamente desconozco en exactitud la afinidad que Les Blank pueda haber sentido por Leon Russell. Pero estoy seguro de que la propuesta de mudarse a Oklahoma le permitía sobre todo continuar con sus retratos de las comunidades digamos ocultas de una Norteamérica olvidada. Allí es donde la película se vuelve realmente excepcional. No quiero dar a entender que las tomas sobre Russell carezcan de valor y que no se sientan, en algún nivel, excitantes. Pero creo que lo verdaderamente interesante, lo profundamente encantador, está por fuera de ello. Es de hecho lo que siempre filma Blank, aún en aquellos documentales con adoptan un protagonista — aunque sí se percibe que aquéllos están mucho más cercanos al paisaje que Russell. Pero sirve tener semejante figura en el centro para ver, cuando el brillo artificial de su estrella nos lo permite, cuando la cámara lo deja fuera de foco, todo lo que lo rodea; esa gran Oklahoma de personajes tan queribles como anónimos así como la fauna artística que, imaginen, puede darse una vuelta por el estudio de un músico consagrado de los 70.

Y así llego a sostener (y entiendan que es, por supuesto, una cuestión subjetiva) que, más allá de los explosivos espectáculos de Russell, tan cargados de ese misticismo hippie barroco, el mejor momento musical de la película está a cargo de un hombre solo y su guitarra. “Tocá un poquito de Take Me”, alguien le grita, fuera de cámara, al ahora legendario George Jones. “Es una canción muy bonita”, reconoce, luego de dejar su latita de cerveza. Toca un arpegio, tararea para afinar, levanta la mirada dulce como si recordara vaya uno a saber a quién y el inesperadamente intenso trance melancólico de la canción dura algo más de dos minutos. El hecho de que Blank utilice para ilustrar la segunda parte de la canción a un barbudo artista plástico cazando alacranes en una pileta vacía verdaderamente añade a lo difuso del asunto.

Es que descubrir a Les Blank es como si, en un mapa gastado de tanto mirarlo, de repente descubriéramos que en un pliegue hay toda una provincia nueva que nunca habíamos visto. No creo que haya muchos cineastas que logren persuadir a uno para ser explorador.

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21. diciembre 2016 by Cinéfilo
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